"El hombre justo no es aquel que no comete ninguna injusticia,
si no el que pudiendo ser injusto no quiere serlo"


jueves, octubre 23, 2014

Hechicera




      –Laura, la verdad es que nunca te quise –le dije sin eufemismo.
Hizo un paso hacia atrás y la adiviné recordando todos mis “te amo”, armando una lista con aquellas promesas que le hice pero nunca pensaba cumplir.
Ella era una gran mina, lo admito, pero yo no buscaba nada importante. Solamente estaba pasando un buen rato y no me importó ser un canalla.
Una lágrima sutil no soportó la tristeza y huyó de sus ojos, dejando una marca de rímel zigzagueante que detuvo con su mano temblorosa.
Desde el auto me miró una vez más y sus ojos gritaron te amo.
–¿Por qué me mentiste, amor mío? ¡Cómo duele saber que todo fue nada! –dijo luchando contra el llanto. –Ojalá nunca nadie te haga sufrir así.
–Pobre Laura, pensé… es una tonta por amar así.

Después vino Mónica con su escote destacado y su falda levadiza. El tiempo pasó rápido estando con ella porque lo consideraba una prisión y no estaba dispuesta a sacrificar su libertad.
–Tenés que vivir cada momento a pleno. Es la única manera en que la vida es vida. Vale mucho más algo que deja marcas que algo que perdura irrelevante.  
Porque el tiempo es oro, decidí dejarla una tarde improductiva de invierno.

Unos meses más tarde vino Julia con su profesión bajo el brazo y su departamento en el centro. Inteligente, independiente, intransigente, pero también inclemente. Sin  intenciones de volver, me fui una noche sin luna, aprovechando la oscuridad para esquivar sus zarpazos.

La primavera vino cargada de flores y de Lucía. Y Lucía vino repleta de colores, de pinturas, de música y de sueños. Saltando por las colinas y corriendo bajo la lluvia.
–Las tormentas apenas son el preámbulo de los días soleados…
–Pero siempre vuelve a nublarse –dije con cinismo.
–Dame un beso bajo la lluvia y vas a ver como sale el sol.
Me escapé una mañana, corriendo bien pegado a las casas del barrio para protegerme de la lluvia que caía caudalosa.

Los ojos de María distraían del peligro reinante a su alrededor. Era cariñosa, sensible, atenta, sexy y modesta. Pensé que iba a enamorarme sin miramientos de ella hasta la tarde en que me preguntó quién era Darth Vader.
–¡Que la fuerza te acompañe! –le dije mientras azotaba la puerta.

Gisela tenía un poco de todo. Salimos algunas veces y todo iba encaminado hacia los confites, pero su mal gusto por la cumbia y la manía de eructar  en público hicieron que rumbeara para los tomates. Una siesta la invité a una plaza y nunca aparecí. Nunca más aparecí.

En el medio hubo una morocha que no recuerdo su nombre pero sí sus besos. Apasionados. Gratis. Y todo lo que es gratis no tiene valor. Me fugué una mañana temprano, mientras ella todavía dormía.

Con Yanina no entiendo lo que pasó. Ella quería, yo también. Ella sonreía, yo también. Ella disfrutaba, yo también. Ella me dijo “te amo”, yo no. Al tiempo noté que ya no venía más por casa.

Carina era compradora compulsiva. Julieta, la más histérica de todas. Ana, hermosa ella, pero irresponsable. Carla era haragana. Juliana, obsecuente. A todas las quise pero a ninguna amé.

Una noche estaba tirado en mi cama y a punto de rendirme, cuando Laura llamó a mi puerta.
–Pensé que nunca te volvería a ver –le dije.
–Sólo pasaba para ver cómo estás.
–Estoy bien. El amor nunca pudo lastimarme.
–Me alegro. Es estupendo verte derrotado.
–¿Derrotado? No entiendo... –dudé.
–¿No te das cuenta todavía? Siempre quise que nunca sufras por amor. Sólo el que ama de verdad expone su alma –sentenció.
–Gracias por protegerme, cariño…
–Ay, amor, siempre fuiste tan ingenuo. Jamás tuve la intención de cuidarte… Vivir sin poder amar es el peor castigo de todos.
Me besó una última vez mientras una bruma cubría todo el lugar. Se fue alejando lentamente. Me pareció escuchar una carcajada cruel, que se perdió de a poco a la distancia.