Esta es la historia más triste que he escuchado. Advierto, antes que sigan leyendo, que el final no es feliz. Al menos, por ahora. Porque al igual que cualquier otra historia de amor, puede que aún no haya concluido.
Esta es una historia de separaciones, de proximidades ínfimas, pero sin llegar a tocarse. De besos almacenados, de sueños inalcanzables, lágrimas derramadas, cadenas irrompibles, pretensiones imposibles y, por sobre todas las cosas, luces. Porque para que las sombras velen la tierra con sus formas cambiantes es necesaria la luz. Y esta es una historia de sombras.
En realidad, de una sombra. La más noble de todas. Noble porque estaba enamorada y el amor es noble. Pero no sólo era noble, sino también ingenua. Porque como suele ocurrir en las historias de amor noble, estaba enamorada de un imposible. Ella solía decir que el único amor noble era aquel que no era correspondido, porque no recibe nada a cambio. Sostenía que solamente habiendo amado sin ser amado se amaba de verdad.
Intentó por todos los medios que él también la amara. Fue astuta, como toda enamorada. Siempre reflejaba las rosas más bellas, esas que se alimentaban de los rayos más cálidos por la mañana y le decía con voz suave:
-Estas rosas son para vos… las reflejo perfectas, para que puedas sentirlas como tuyas, ya que sin tu presencia no existiríamos.
Pero el astro, inmutable, respondía con crueldad.
-No me parecen perfectas… Tus rosas son oscuras, sin colores pero con espinas. En cambio, estas que yo acaricio, son rojas como el corazón más puro, suaves, como la brisa del amanecer en las montañas. Prefiero las reales, las que puedo tocar, no esa proyección imperfecta e inalcanzable para mí.
-Pero esas están ahí porque el jardinero las cuida. En cambio, las mías, sólo tienen razón de ser para que vos puedas apreciarlas –replicó con ojos llorosos la sombra.
El sol no contestó. Se distrajo alumbrando a las rosas que bailaban con la fresca música del viento vespertino.
Con el tiempo, ella aprendió a convivir con el amor indiferente. Se dedicó a refrescar a los animales, a peregrinos cansados por el viaje, a quién fuere que necesitara de su frescura reparadora. Le bastaba con sentirlo cerca, inmediato, aunque interminablemente distante.
La noche era el momento más oscuro. Pese a que era su total dominio, cuando podía estar donde quisiera, para ella la noche era el momento más oscuro. No porque las tinieblas poblaran el mundo, sino porque sus rayos no estaban ahí. Comenzó a sospechar que la oscuridad no es lo opuesto a la luz, sino que tiene más que ver con la ausencia.
Ansiosa esperaba la mañana. Su corazón comenzaba a latir recién con el alba ya que antes apenas bombeaba sangre.
Decidida, jugó su última carta.
-Estoy convencida de que si pudieras sentirme, verme como realmente soy… me amarías de la misma manera que te amo yo.
-No puedo hacerlo… Donde vos existís, yo dejo de ser. Donde tus oscuros ojos descansan, mis dorados cabellos sucumben prontamente.
-Un beso… no pido más -suplicó la sombra.
El sol no contestó de inmediato. Tibiamente, accedió.
La sombra acomodó sus formas, lentamente buscó los labios del sol con los suyos…pero no pudo siquiera tocarlos. Por donde ella pasaba, el sol moría.
Fue la primera vez que se derramaron lágrimas negras.
Tanto lloró la sombra que el mar de lágrimas cubrió la tierra. Las sombras rápidamente oscurecieron el mundo. Las tinieblas dominaron todo en pleno día.
El sol no pudo permitir que la noche se adueñara de su tiempo. Comenzó a calentar con sus rayos de vida. Concentró toda la energía de su corazón en los rayos más lumínicos que jamás impartió. De a poco, las sombras fueron cediendo terreno. Dos días le tomó al sol recuperar el dominio perdido.
Cuando al fin todo volvió a ser luz, notó que la sombra se había desvanecido. Ella murió para que su amor pueda vivir. El sol derramó apenas una lágrima cuando comprendió que precisamente ahí, cuando todo era claridad, estaba, en realidad, sumido en la más fría de las penumbras.
Esta es una historia de separaciones, de proximidades ínfimas, pero sin llegar a tocarse. De besos almacenados, de sueños inalcanzables, lágrimas derramadas, cadenas irrompibles, pretensiones imposibles y, por sobre todas las cosas, luces. Porque para que las sombras velen la tierra con sus formas cambiantes es necesaria la luz. Y esta es una historia de sombras.
En realidad, de una sombra. La más noble de todas. Noble porque estaba enamorada y el amor es noble. Pero no sólo era noble, sino también ingenua. Porque como suele ocurrir en las historias de amor noble, estaba enamorada de un imposible. Ella solía decir que el único amor noble era aquel que no era correspondido, porque no recibe nada a cambio. Sostenía que solamente habiendo amado sin ser amado se amaba de verdad.
Intentó por todos los medios que él también la amara. Fue astuta, como toda enamorada. Siempre reflejaba las rosas más bellas, esas que se alimentaban de los rayos más cálidos por la mañana y le decía con voz suave:
-Estas rosas son para vos… las reflejo perfectas, para que puedas sentirlas como tuyas, ya que sin tu presencia no existiríamos.
Pero el astro, inmutable, respondía con crueldad.
-No me parecen perfectas… Tus rosas son oscuras, sin colores pero con espinas. En cambio, estas que yo acaricio, son rojas como el corazón más puro, suaves, como la brisa del amanecer en las montañas. Prefiero las reales, las que puedo tocar, no esa proyección imperfecta e inalcanzable para mí.
-Pero esas están ahí porque el jardinero las cuida. En cambio, las mías, sólo tienen razón de ser para que vos puedas apreciarlas –replicó con ojos llorosos la sombra.
El sol no contestó. Se distrajo alumbrando a las rosas que bailaban con la fresca música del viento vespertino.
Con el tiempo, ella aprendió a convivir con el amor indiferente. Se dedicó a refrescar a los animales, a peregrinos cansados por el viaje, a quién fuere que necesitara de su frescura reparadora. Le bastaba con sentirlo cerca, inmediato, aunque interminablemente distante.
La noche era el momento más oscuro. Pese a que era su total dominio, cuando podía estar donde quisiera, para ella la noche era el momento más oscuro. No porque las tinieblas poblaran el mundo, sino porque sus rayos no estaban ahí. Comenzó a sospechar que la oscuridad no es lo opuesto a la luz, sino que tiene más que ver con la ausencia.
Ansiosa esperaba la mañana. Su corazón comenzaba a latir recién con el alba ya que antes apenas bombeaba sangre.
Decidida, jugó su última carta.
-Estoy convencida de que si pudieras sentirme, verme como realmente soy… me amarías de la misma manera que te amo yo.
-No puedo hacerlo… Donde vos existís, yo dejo de ser. Donde tus oscuros ojos descansan, mis dorados cabellos sucumben prontamente.
-Un beso… no pido más -suplicó la sombra.
El sol no contestó de inmediato. Tibiamente, accedió.
La sombra acomodó sus formas, lentamente buscó los labios del sol con los suyos…pero no pudo siquiera tocarlos. Por donde ella pasaba, el sol moría.
Fue la primera vez que se derramaron lágrimas negras.
Tanto lloró la sombra que el mar de lágrimas cubrió la tierra. Las sombras rápidamente oscurecieron el mundo. Las tinieblas dominaron todo en pleno día.
El sol no pudo permitir que la noche se adueñara de su tiempo. Comenzó a calentar con sus rayos de vida. Concentró toda la energía de su corazón en los rayos más lumínicos que jamás impartió. De a poco, las sombras fueron cediendo terreno. Dos días le tomó al sol recuperar el dominio perdido.
Cuando al fin todo volvió a ser luz, notó que la sombra se había desvanecido. Ella murió para que su amor pueda vivir. El sol derramó apenas una lágrima cuando comprendió que precisamente ahí, cuando todo era claridad, estaba, en realidad, sumido en la más fría de las penumbras.
